¿Hablar con una IA o con un Psicólogo?

El auge de los «Primeros Auxilios» Digitales

¿Hablar con una IA o con un Psicólogo?

Son las dos de la mañana. No puedes dormir, la angustia te oprime el pecho y sientes que no tienes a quién llamar. Abres una aplicación en tu móvil y escribes: “Me siento muy solo y no sé qué hacer con mi vida”. En menos de dos segundos, una respuesta cargada de amabilidad aparece en pantalla. No es un amigo, ni un familiar, ni tu terapeuta. Es una Inteligencia Artificial (IA).

Este escenario se ha vuelto la realidad de millones de personas en 2026. Ante la crisis de salud mental global, los chatbots se han convertido en el nuevo «confesionario de bolsillo». Pero, ¿hasta qué punto puede un algoritmo sustituir el diván?

Las Luces: ¿Para qué SÍ sirve la IA?

No podemos negar que la tecnología ha democratizado el acceso a ciertas herramientas de bienestar. Como psicóloga, reconozco que la IA tiene un papel como herramienta de apoyo o «primer auxilio»:

  • Accesibilidad 24/7: Las crisis no tienen horario. Una IA puede guiarte en una técnica de respiración o meditación en el momento exacto en que surge un ataque de pánico.

  • Un espacio sin juicios: Para muchas personas, el miedo a ser juzgados es una barrera para ir a terapia. Escribirle a una máquina permite «soltar» el peso de un secreto por primera vez.

  • Psicoeducación inmediata: La IA es excelente para explicar qué te está pasando biológicamente (por ejemplo, por qué el cortisol te mantiene alerta) o para sugerir hábitos de higiene del sueño.

Lo que un algoritmo nunca podrá darte

A pesar de lo avanzada que está la tecnología, existe una brecha insalvable entre procesar datos y procesar el dolor. Aquí es donde la terapia real marca la diferencia:

La mirada y la presencia: La IA simula empatía, pero no la siente. En terapia, el cambio ocurre a través del vínculo. Sentirse escuchado y validado por otro ser humano es, en sí mismo, un factor curativo que una línea de código no puede replicar.

Leer entre líneas: Un algoritmo analiza las palabras que escribes. Un psicólogo analiza tus silencios, el tono de tu voz, el brillo de tus ojos o ese gesto que haces cuando mencionas a tu madre. La terapia lee lo que no dices.

La profundidad vs. el «parche»: La IA suele dar consejos prácticos y listas de tareas. Esto genera un alivio momentáneo, pero la psicología busca la raíz. Un bot puede ayudarte a calmarte hoy; un terapeuta te ayuda a entender por qué te angustias, para que no necesites calma externa mañana.

«Un algoritmo puede darte un consejo, pero solo un terapeuta puede darte un refugio

El factor humano

El riesgo del alivio inmediato

El mayor peligro de usar la IA como única vía de apoyo es la postergación del proceso real. Es fácil caer en la trampa de creer que «estamos trabajando en nosotros mismos» porque chateamos con un bot, cuando en realidad solo estamos poniendo una tirita en una herida que requiere cirugía emocional.

La IA no tiene una brújula ética propia ni conoce tu historia de vida completa para cuestionarte cuando te estás autosaboteando. Un algoritmo siempre te dará la razón o una respuesta estandarizada; un psicólogo te dará un espejo.

El copiloto, no el capitán

En 2026, no tenemos que elegir entre tecnología o humanidad, sino aprender a combinarlas. La IA puede ser un excelente copiloto para registrar tus emociones diarias o aprender ejercicios de relajación. Pero el capitán de tu proceso terapéutico debe ser un profesional que te tome de la mano.

La tecnología puede procesar información, pero solo un encuentro humano puede sanar el alma. Si sientes que tus conversaciones con la pantalla ya no son suficientes, quizás es momento de dar el paso hacia un encuentro real.

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Ansiedad en el día a día

Ansiedad en el día a día:

cómo reconocerla y aprender a gestionarla en tu rutina

¿Te ha pasado que vas al trabajo, quedas con amigos o incluso intentas dormir, y de pronto aparece esa sensación de nervios, tensión y pensamientos que no se detienen? Esa es la ansiedad en el día a día, mucho más común de lo que imaginamos. No siempre se presenta como un ataque de pánico: a menudo es más sutil, se esconde en lo cotidiano y nos acompaña sin que nos demos cuenta.

En este artículo quiero acompañarte a reconocer cómo se manifiesta la ansiedad en tu rutina y darte herramientas prácticas para que dejes de sentir que ella lleva el control.

ansiedad

¿Qué es la ansiedad en la vida diaria?

La ansiedad es una emoción natural. Nos ayuda a mantenernos alerta y preparados. El problema surge cuando aparece sin motivo real o de forma desproporcionada y se instala en nuestra rutina como un invitado incómodo.

Ansiedad “normal”: antes de una entrevista, un examen o una situación nueva. Es puntual y desaparece al terminar.

Ansiedad en el “día a día”: se cuela en lo cotidiano. Te acompaña en el trabajo, en el transporte, al mirar el móvil o incluso al intentar descansar.

Cuando se vuelve frecuente, puede empezar a limitar tu vida.

¿Cómo se manifiesta en lo cotidiano?

En el trabajo: dificultad para concentrarse, miedo a equivocarse, sensación de estar “atascado”.

En el transporte o la calle: agobio en lugares llenos de gente, sensación de querer salir corriendo.

En las relaciones: miedo al juicio, inseguridad, pensamientos de “no soy suficiente”.

En el sueño: dar vueltas en la cama, mente acelerada, despertares constantes.

En la alimentación: comer por ansiedad o perder el apetito.

En redes sociales: compararte constantemente y sentir que los demás “van mejor que tú”.

La ansiedad no siempre grita, a veces susurra todo el día hasta desgastarnos.

aprender a controlarla

Consecuencias de ignorarla

Si no la atendemos, la ansiedad cotidiana puede provocar:

  • Cansancio crónico.
  • Irritabilidad con quienes queremos.
  • Aislamiento social por evitar situaciones que generan malestar.
  • Problemas físicos como tensión muscular, dolores de cabeza o problemas digestivos.

Claves para gestionar la ansiedad en tu rutina

Aquí tienes estrategias sencillas que puedes aplicar hoy mismo:

1. Respiración consciente

Dedica 2-3 minutos a respirar profundamente. Inhala por la nariz, mantén el aire unos segundos y suelta lentamente por la boca.

2. Pausas reales

No llenes cada minuto de tu agenda. Haz una pausa breve para caminar, estirarte o tomar un café tranquilo.

3. Cuida tu diálogo interno

Evita frases como “soy un desastre”. Sustitúyelas por “estoy haciendo lo que puedo, y eso es suficiente”.

4. Limita la sobreexposición a redes

Recuerda: lo que ves es solo una parte de la vida de los demás, no la historia completa.

5. Actividad física

El movimiento ayuda a liberar tensión. No hace falta ir al gimnasio, caminar ya es un gran paso.

6. Apoyo profesional

La terapia psicológica es un espacio seguro para entender la ansiedad y aprender a gestionarla con herramientas personalizadas.

 

El papel de la terapia

La ansiedad en el día a día es como un ruido de fondo que, si no lo atendemos, se hace cada vez más fuerte. La buena noticia es que puedes aprender a bajar ese volumen y recuperar tu tranquilidad. La ansiedad no tiene por qué marcar tu vida. Con acompañamiento profesional puedes recuperar el control, mejorar tu autoestima y aprender técnicas específicas.

 No estás solo/a en esto. Pedir ayuda es un acto de valentía.

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Una silla vacía para sentirte más cerca de ti

Una técnica sencilla para regular emociones con amor y presencia

Una silla vacía

A veces, las emociones nos atropellan. Llegan sin avisar, como una tormenta, y no sabemos muy bien qué hacer con ellas. ¿Te ha pasado? Es normal. No nos enseñaron a escucharlas, mucho menos a entenderlas. Por eso, hoy quiero compartirte una herramienta sencilla pero muy poderosa: la técnica de la silla vacía, una forma de reconectar contigo y con lo que sientes.

Este ejercicio no requiere más que un poco de tiempo, un lugar tranquilo… y una silla vacía. Esa silla representará distintas partes de ti: las que sienten, las que callan, las que duelen, las que necesitan, las que saben.

La propuesta que te comparto hoy parte de un enfoque humanista, compasivo y estructurado que permite conectar con lo que sentimos sin juicio y desde el autocuidado.

Paso a paso: un ejercicio guiado para el autocuidado emocional

1. Respira y vuelve a tu cuerpo

Haz una pausa. Inhala hondo. Exhala lento. Cierra los ojos si lo necesitas. Pregúntate: ¿cómo está mi cuerpo hoy? Quizás haya tensión en la espalda, un nudo en la garganta o presión en el pecho. No intentes cambiar nada. Solo escucha. Detrás de cada sensación, hay una emoción que quiere ser vista.

2. Invita a tus emociones a sentarse contigo

Imagina que cada una de tus emociones toma asiento frente a ti, una por una. Invita a la tristeza, la rabia, el miedo, la ansiedad… y dialoga con ellas. ¿Qué quieren decirte? ¿Qué historia traen consigo?

Este es un espacio seguro donde puedes escuchar sin juzgar.

3. Habla desde la emoción, sin censura

Este es tu momento. No tienes que ser fuerte ni entender todo. Puedes simplemente sentir. Di lo que llevas dentro, aunque suene confuso, aunque duela. En este espacio no hay reglas, solo verdad. Lo que sientes es válido. Todo.

4. Da espacio a tu parte que se arrepiente o se culpa

Quizá aparezcan pensamientos como “no supe cómo hacerlo” o “me equivoqué”. Dales lugar. Háblate con amabilidad. Recuérdate que hiciste lo que pudiste con los recursos y la información que tenías en ese momento. No se trata de evitar la culpa, sino de transformarla en autocompasión.

5. Escucha a tu parte necesitada

Después, siéntate en esa silla y date el abrazo que te faltó. Conecta con tus carencias emocionales, con tus necesidades no atendidas. ¿Qué te hubiera gustado recibir? ¿Qué necesitas hoy para estar mejor? Sé valiente: reconocer lo que necesitas también es un acto de amor propio.

6. Finalmente, activa tu “parte sabia”

Por último, siéntate en esa silla desde tu parte más sabia. Esa que comprende tu historia con ternura y perspectiva. Esa que te anima a cuidarte y a transformarte. Esa parte tuya que te acompaña con paciencia y perspectiva. Deja que te hable. Escúchala.

la silla vacía

Un espacio para sanar

Crear un espacio simbólico donde nuestras emociones, muchas veces ignoradas o reprimidas, pueden ser vistas, escuchadas y validadas. Nos ayuda a autorregularnos, a comprendernos y, sobre todo, a tratarnos con la misma compasión con la que trataríamos a alguien que queremos.

Esta práctica puede adaptarse a diferentes momentos del día, y también puede formar parte del trabajo psicoterapéutico en consulta. Es especialmente útil en procesos donde hay emociones intensas, bloqueos o necesidad de reconciliación interna.

Este ejercicio puede parecer simple, pero es profundamente transformador. A veces, lo único que necesitamos es sentarnos con nosotros mismos, sin exigencias, sin máscaras, y decirnos: estoy aquí, te escucho, estoy contigo.

Si estás atravesando un momento difícil, puedes volver a esta silla cada vez que lo necesites. No está vacía. Está llena de ti.

Si quieres probarla, te invito a hacerlo con calma, en un espacio tranquilo y sin expectativas. A veces, solo con dar voz a lo que sentimos, ya estamos sanando.

Recuerda: no tienes que poder con todo

Tener ansiedad o sentirse estresado/a no es signo de debilidad, es una señal de que has estado siendo fuerte durante demasiado tiempo sin pausa. Reconocerlo y actuar a tiempo es una forma de cuidarte. No estás solo/a, y no tienes que sostener el mundo tú solo/a. Pedir ayuda también es una forma de avanzar.

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Ataques de pánico: cuando la ansiedad estalla sin avisar

Ataques de pánico:

cuando la ansiedad estalla sin avisar

Imagina estar haciendo algo cotidiano —ir en el metro, trabajando, cocinando— y, de pronto, tu corazón se acelera, sientes que te falta el aire, que te vas a desmayar o incluso morir. Es posible que estés teniendo un ataque de pánico, una crisis de ansiedad intensa y repentina que puede asustarte profundamente… pero que no es peligrosa, aunque sí muy desagradable.

En este artículo te explico qué es un ataque de pánico, por qué ocurre y qué puedes hacer para afrontarlo de forma más serena y con recursos útiles.

ansiedad

¿Qué es un ataque de pánico?

Un ataque de pánico es una descarga aguda de ansiedad que aparece de manera súbita, sin una causa evidente. Dura entre 10 y 30 minutos (aunque a veces parece eterno), y su intensidad hace que muchas personas piensen que están sufriendo un infarto o “volviéndose locas”.

A menudo tras el primer ataque surge el miedo al miedo: temes sentirte mal otra vez, y cada mínimo indicio (un latido acelerado, un sudor) se convierte en señal de advertencia, generando un círculo vicioso

Síntomas más comunes durante un ataque de pánico

  • Palpitaciones fuertes o taquicardia

  • Dificultad para respirar o sensación de ahogo

  • Sudoración y temblores

  • Dolor o presión en el pecho

  • Mareo o sensación de desmayo

  • Sensación de irrealidad (despersonalización o desrealización)

  • Miedo a perder el control, volverse loco o morir

Aunque estos síntomas son reales y muy intensos, no indican un problema físico grave. Son respuestas del sistema nervioso autónomo, que se activa como si estuvieras ante un peligro… aunque no lo estés.

terapia personal

Algunas causas frecuentes incluyen:

  • Estrés prolongado o acumulado

  • Cambios vitales importantes (mudanzas, rupturas, duelos)

  • Traumas pasados no procesados

  • Miedo a tener otro ataque (lo que crea un círculo vicioso)

  • Exceso de autoexigencia o sobrecarga emocional

También hay factores biológicos y hereditarios que pueden predisponer a sufrir este tipo de crisis.

no estás solo/a

¿Qué hacer durante un ataque de pánico?

Aunque el primer impulso suele ser “luchar” contra lo que está ocurriendo, lo más efectivo es aceptar la experiencia y acompañar al cuerpo a calmarse:

  • Respira con intención: inhala en 4 segundos, exhala en 6. La exhalación larga activa tu sistema nervioso parasimpático (el de la calma).
  • Recuerda: “esto va a pasar”: el pico dura unos minutos, y aunque parezca que vas a perder el control, no va a pasar. Es una tormenta emocional que amaina sola.
  • Busca puntos de anclaje al presente: mira a tu alrededor, nombra objetos o colores. Esto te ayuda a no “perderte” en los pensamientos catastróficos.
  • No huyas si puedes evitarlo: si el ataque ocurre en público, trata de quedarte donde estás. Huir refuerza el miedo. Si necesitas moverte, hazlo con conciencia, no con pánico.

Es normal que sientas agotamiento, tristeza o miedo de que vuelva a ocurrir. Es muy importante que no te juzgues. Lo que viviste fue intenso, pero no define quién eres. Hablar con alguien de confianza, escribir lo que sentiste o hacer algo que te relaje puede ayudarte a cerrar ese episodio.

¿Cuándo buscar ayuda?

Si los ataques se repiten o empiezas a vivir con miedo constante a que vuelvan, es momento de buscar apoyo profesional. La psicoterapia puede ayudarte a entender qué activa tu ansiedad, aprender técnicas de regulación emocional y a recuperar la confianza en ti y en tu cuerpo

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Ansiedad: cuando tu mente va más rápido que la vida

Ansiedad: cuando tu mente va más rápido que la vida

La ansiedad es una de las razones más frecuentes por las que las personas acuden a consulta psicológica hoy en día. Y no es casualidad. Vivimos en un mundo donde parece que siempre hay que estar disponibles, ser productivos y tenerlo todo bajo control. Pero la realidad es que no somos máquinas. Y esa presión constante, poco a poco, pasa factura.

Como psicóloga (y también como mujer que ha vivido momentos de ansiedad), sé que muchas personas sienten que «algo no va bien», aunque no siempre puedan ponerle nombre. La ansiedad puede presentarse de muchas formas: desde un nudo en el estómago o dificultad para dormir, hasta palpitaciones, sensación de ahogo o pensamientos que no paran de dar vueltas en la cabeza.

 

¿Qué causa la ansiedad?

No hay una sola causa. La ansiedad suele ser el resultado de una combinación de factores que se entrelazan y se acumulan con el tiempo. Entre los más comunes están las situaciones de estrés prolongadas, las preocupaciones laborales o familiares, los problemas económicos, o los conflictos personales que no sabemos cómo manejar. También influye mucho el estilo de vida actual, en el que muchas veces prima la prisa, la productividad constante y la falta de tiempo para uno mismo.

Además, experiencias pasadas no resueltas, como traumas, pérdidas o vínculos inseguros en la infancia, pueden dejar una huella emocional que se activa en momentos de presión. Incluso aspectos cotidianos, como una alimentación desequilibrada, la falta de descanso, el sedentarismo, el consumo excesivo de cafeína o alcohol, y una rutina sin espacios para el autocuidado, pueden aumentar los niveles de ansiedad sin que seamos plenamente conscientes.

También hay factores cognitivos y emocionales: nuestras creencias sobre el control, el perfeccionismo, el miedo a decepcionar a los demás o la dificultad para poner límites suelen generar un estado constante de tensión interna. El tipo de pensamiento que cultivamos —si tendemos a anticipar lo peor o a exigimos demasiado— puede alimentar ese malestar.

Por otro lado, influye también nuestra historia personal. Hay personas que han crecido en entornos inestables o inseguros, donde han aprendido a estar en alerta constante. Esa hiperactivación emocional se vuelve, con los años, una forma automática de responder al mundo, y eso las hace más propensas a desarrollar ansiedad en la edad adulta.

Por último, no hay que olvidar el componente biológico y genético. Algunas personas tienen una predisposición heredada a reaccionar con mayor intensidad ante el estrés. Esto no significa que estén “condenadas” a sufrir ansiedad, pero sí que necesitan conocer mejor sus límites y cuidarse de forma más consciente.

mejorar tu bienestar

¿Qué podemos hacer para prevenir o gestionar la ansiedad?

Aunque no podemos eliminar por completo el estrés o las preocupaciones de la vida, sí podemos aprender a cuidar nuestra salud mental y a gestionar mejor esos momentos de ansiedad. Algunas recomendaciones clave:

1.Escucha tus señales internas. El cuerpo suele avisar antes que la mente. Si notas cansancio extremo, insomnio o irritabilidad, no lo ignores.

2.Respira y conecta con el presente. Técnicas como la respiración consciente, la meditación o el mindfulness pueden ayudarte a calmar tu sistema nervioso y reducir la tensión acumulada.

3.Cuida tu rutina. Dormir bien, alimentarte de forma equilibrada, moverte con regularidad y desconectar del móvil durante un rato cada día son gestos sencillos, pero poderosos.

4.Rodéate de apoyo. Hablar con personas de confianza o buscar acompañamiento profesional es fundamental. No tienes por qué afrontarlo solo/a.

5.Sé compasivo/a contigo mismo/a. No necesitas estar bien todo el tiempo. Permitirte descansar, pedir ayuda o decir “no puedo con todo” también es una forma de autocuidado.

Cuando la mente no para…

calma, equilibrio y amabilidad

La ansiedad no te define

No eres débil por sentirte así, ni estás solo/a en esto. Es posible aprender a vivir con más calma, con más equilibrio y con más amabilidad hacia uno/a mismo/a. Y si sientes que no puedes con ello, no lo dudes: acudir a una profesional de la psicología puede marcar un antes y un después.

Tu salud mental también importa. Y merece que la cuides con la misma atención con la que cuidas todo lo demás.

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